Caminaba
perdidamente por la antigua calle de la amargura. Era una tarde gris, acababa
de llover y casi logro caer al dar un mal paso. Vi a través del vaho como se
iban por el aire mis suspiros. Izquierda, derecha, izquierda, derecha... me iba
acercando hacia una farmacia, cuando de repente, una mujer desarreglada y mal
vestida y con un papel en mano, me detuvo. No era muy joven.
-Por
favor, señor, necesito que me ayude. Vengo de muy lejos y me piden
identificación para darme ésta medicina y no la traigo.
Observé
como la gente pasaba como si nada existiese tras sus pasos. Tomé el papel y acepté.
Sabía que nadie más iba a ayudarla a obtener sus drogas. ¿Yo quién soy para
juzgar? No sabía lo que tenía escrito en la receta. Ella entró nerviosamente
detrás de mí. Esto no me da muy buena espina.
-Buenas
tardes, ¿En qué lo puedo ayudar?
-Ah,
si- le entregué la receta a la farmacóloga.
-¿Si
me puede dar una identificación? El Clonazepam
solamente se vende medicado.
Saqué
mi cartera y le presenté mi credencial. Anotó mis datos en la receta. Pasaron
muchas cosas por mi cabeza. ¿Que estoy haciendo? ¿Cómo sé que las usará para su
tan obvio insomnio? ¿Y si las venderá a los viciosos y esto me vaya a afectar
de alguna forma? Lo hecho, hecho está. La mujer desarreglada mantuvo una cara
seria en casi todo el momento y nos mirábamos de reojo, pero en el fondo, ella sabía
que tenía su problema casi resuelto. Salimos del local y le entregué su caja
sin decir más. Gracias, dijo ella. No
le contesté. Seguí caminando para salir de esta maldita calle y llegar a tomar
el autobús. Eso me pareció la decadencia del mundo, y creo que contribuí a su
expansión. Oh si, pastillas para dormir, para no pensar en la cruel realidad
que nos flagela para hacernos caminar sin siquiera dejarnos voltear a verla a
los ojos.
[Perry O’Hara]
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